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Parque Nacional San Miguel |
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Se halla a sólo 7 kilómetros del Chuy, sobre ruta 19 (que es la continuación de la calle-frontera de la ciudad del Chuy). Es un parque en el que, al contrario del exótico Parque de Santa Teresa, se ha conservado cien por ciento natural. Es que ahí solamente podremos encontrar flora y fauna nativa. Además de ello, ganado ovino y bovino cimarrón. El corazón del parque es el Fortín de San Miguel. Esta joya de granito entre las sierras fue levantada por los españoles en 1734 y reedificada tres años después por los portugueses. Más pequeño que Santa Teresa, el fuerte está rodeado de vegetación nativa e integra una de las zonas más hermosas del departamento. Un foso rodea la construcción, que conserva su puente levadizo. Desde las murallas y los bastiones, se divisa el entorno: una inmensa llanura como mar, como diría la zarzuela, arranca desde el Océano al Cebollatí, desde los Cerros de la Lechiguana, Maturrango y La Blanqueada, hasta el Lago Merin, y más allá de la frontera. Como si dios hubiera enclavado un monumento en esa vastedad, contrastando el paisaje y flanqueadas por su río homónimo, yerguen las sierras de San Miguel. Tres cerros son sus bastiones: el Vigía, el Picudo y el Carbonero. Sus valles, hondonadas y quebradas, son sendas escondidas, cubiertas de calagualas, helechos y culandrillos, fueron secretos de los huidizos contrabandistas. En ese entorno indígena, salvaje, en 1734 el Alférez español Esteban del Castillo construyó un fuerte de tepes. Posteriormente, en 1737, el Brigadier portugués José da Silva Páez comenzó la fundación del Fuerte de San Miguel 25 años antes del Fuerte de Santa Teresa, en un punto clave entre las sierras y la Merin. ¿Cual fue su verdadero rol?, ¿tenía serio significado militar o era protección y refugio de los lugareños? ... Nunca lo sabremos. El plano más antiguo conocido, es el levantado en 1775 por el Brigadier de Ingenieros Don Bernardo Lecoq. Declarado Monumento Histórico en 1937, la creación del parque y la reconstrucción de San Miguel, al igual que Santa Teresa, correspondió a Don Horacio Arredondo. La construcción de piedra asentada en barro propició la invasión arbórea que lo convirtió en ruinas. Era un verdadero rompecabezas: el fuerte fue demolido totalmente, se clasificaron los sillares y se reemplazaron los faltantes. Cada dependencia fue estudiada minuciosamente. El foso y el puente levadizo en particular, demandó a Arredondo particular estudio. Cuando nos acercamos al Castillo, como lo denominaba el español, y nos adentramos en él, cautivados por su ambiente, no pensamos en lejanas luchas, admiramos el equilibrio con el que su arquitecto lo diseñó; y que quizá, sin quererlo, pero con genio, logró con la helénica proporción su armoniosa belleza. Caminos casi naturales conducen a la Guardia Perdida, al Cerro de la Muñeca y Cuartelillo, a la Cachimba Real, al Campo Santo, y allí está la que fue traicionera Ronda de la Guardia Nocturna para sus primitivos defensores. Atrae al visitante el Museo del Transporte, el Criollo, denominado Horacio Arredondo, el Indígena y el museo del Uniforme. El primero de ellos se centra en la historia del transporte a sangre en el Uruguay, el segundo se centra en construcciones de ambientes del siglo XVIII y en los diferentes aspectos de la vida rural del Uruguay. El Indígena se materializa a partir de la base de la colección Etnográfica donada por Horacio Arredondo: se presenta la evolución de la imagen del indígena en su confrontación con el colonizador y los aspectos materiales de su vida.
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fotos: www.chuynet.com |
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