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Casi como un ermitaño, concentrado en su rico mundo interior, vivió bajo un antiguo muelle de cemento ya por entonces aterrado. Posteriormente construyó su rancho, junto con el de otros pescadores, a la vera del camino. Allí desarrolló su comercio y su arte. Durante años se constituyó en un concurrido lugar de atracción turística. Con la remodelacíon del puerto, este fué arrasado totalmente. A la hora de deshacer cualquiera fue dueño de llevarse el legado cultural de este verdadero precursor del arte ingenuo de nuestro país. Pero en medio de tanta desolación algo rescatable ha quedado. Quiso salvarlo Martha Nieves. Como Maurente, es carolina de origen, rochense de adopción y artista plástica. Antes de que se consumara lo irreparable, intentó vanamente salvar el acervo artístico de su coterráneo. No pudo evitar que se demoliera el rancho y junto con él el arte en sus paredes. Pero sí logró recuperar parte de su vasta obra. Quedan una virgen, un angelito con tirabuzones, una de las cariátides y un Cristo. Estas obras, algunas de ellas ubicadas en plena calle frente a la casa de la artista, son pues, lo único que se salvó para nuestra comunidad de una larga serie de tallas y esculturas de un hombre que en su vida pasó por ser algo “tocado”, pero que fue un personaje en La Paloma, al punto de atraer algunos “marchands” ávidos de encontrar nuevos filones para el mercado artístico y que le vieron una pasta de creador “naif” comparable a la del Aduanero Rousseau.
Lucho el pescador, con o sin razón, entró en la leyenda y no hay quien no lo recuerde ahora con afecto, y siendo una de las particularidades del ser humano la de no escatimar elogios a quien no pertenece ya a este mundo, las virtudes de Lucho el pescador, magnificadas, embellecidas, ahora son cantadas por todos con enternecimiento, afecto y pesar. La verdad es que sólo por el hecho de haber montado todo un espectáculo alrededor de su persona, por haber brindado a todos un poco de poesía y fantasía, por haber intentado, a su manera, en su simple lenguaje de hombre sin cultura pero con corazón e imaginación, de hacer y dar algo a los demás, merecería que se tenga en cuenta su memoria. No fue un hombre que pisó los senderos trillados del convencionalismo, ni como ser humano, no le importó vivir bajo los muelles; ni tampoco en materia de cocina: inventaba lo inimaginable; ni en lo que al arte se refería, porque en este dejaba galopar su desbordante fantasía que no respetaba ninguna de las reglas ortodoxas de la pintura y del dibujo por la sencilla razón que las desconocía. Fue un hombre con alma de niño que veía a la vida de acuerdo al estado emocional que corresponde a la corta edad, así es que lo que hacía era ingenuo, gracioso, ligeramente grotesco, pero siempre y antes que nada, tierno. La única obra realmente madura que produjo fue realmente este Cristo que hizo en la época en que vivió bajo el puente para los pescadores y que colocó entonces frente al lugar por donde solían irse al mar, para que la estatua los despidiera al partir y los recibiera al regreso. Y para que no estuviera sola, le puso al lado otra, la del angelito arrodillado, sumun de ingenuidad y candor. Para dar a la escultura un cuerpo bien proporcionado, él mismo se acostó en la arena para imprimir en ella sus huellas, sirviendo éstas de modelo para la obra. Como ser humano, era un amigo excelente, divertido, que sacaba anillos de las orejas y la nariz a los niños asombrados. Era un trabajador infatigable que se tomó el trabajo de tallar las vigas del puente bajo el que durmió, revistiendo la casa que luego se construyó allí mismo con esculturas en altos relieves, motivos todos de mar. Las paredes estaban cubiertas así con veleros, un delfín, una ballena, el fondo del mar con sus medusas, una tortuga enorme, una sirena con unos ojos de vidrio verde, todo en relieve y en colores. Unas cariátides, dos sirenas matroniles de busto opulento, sujetaban el alero de la entrada. Frente a la casa, un marinero al timón, con la tradicional vestimenta de alta mar, hacía la guardia. El horno donde cocinaba el pan era como una enorme corona, tal como estaba, enteramente recubierta con guardas de caracoles incrustados. En esta casa que hubiera hecho las delicias de un Fellini, Lucho empezó a servir de comer a los turistas, tradicionales mariscos y pescados, con las que hacía estrambóticas combinaciones, tales como el dulce de mariscos, a base de boniatos y caramelo que, según aseguran los que lo probaron, era delicioso. También hacía chorizos de pescado y luego ya en un terreno más normal, tallarines caseros con mariscos. La prensa después hizo el resto. Vestido con traje y con corbata asistió al “vernissage” de sus obras en Montevideo. El dueño de la Galería U llevó a éstas a Buenos Aires donde los cuadros de tango (él mismo era un consumado bailarín de tango) se cotizaron de inmediato, enviándose las tallas a España y Francia. Lucho el pescador fue lanzado así a un tipo de arte comercial para el que no estaba preparado ni le satisfacía. De manera que regresó a La Paloma donde terminó su vida, que no fue muy larga, pero si bien aprovechada. No pudo sobrellevar la demolición de su pescadería - restaurant - taller. Un día, el 18 de diciembre de 1975, el lechero lo encontró recostado en la cama, muerto, vestido con su traje azul. Le había fallado el corazón.
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