Los restos de la primer torre,
al lado de la actual, testimonio de la
tragedia del 17 de mayo de 1872.

LA CATÁSTROFE. A los pocos meses de comenzada la construcción, el faro ya había llegado a los treinta metros de altura, pero nunca alcanzaría a nacer. La noche del 17 de mayo un temporal muy fuerte como los que son habituales en la zona, comenzó a soplar con especial violencia. Desconfiado, uno de los albañiles franceses de apellido Louis, subió la escalera y comprobó algunas grietas en la pared recién levantada.

Con alarma, participó a su compañero el italiano Pedrucci su descubrimiento, pero ni éste ni el jefe de ambos dieron importancia al hecho. Louis no dio más explicaciones. Renunció al trabajo, tomó su bártulos y se marchó bajo la lluvia hasta la estancia más cercana, la de don Pancho Techera, cuya casa situada en una loma a una legua del lugar, estaba ubicada igual que hoy, en la entrada del camino actual a la laguna de Rocha, exactamente frente a la bifurcación que va a el balneario La Pedrera.

Se cuenta que a la mañana siguiente, cuando fijó su vista hacia la torre en construcción, habitualmente visible más allá de las dunas, se dio cuenta que ésta había desaparecido. Abortado, el proyecto lumínico se había transformado en tumba colectiva.

Los primeros que llegaron procurando un casi imposible auxilio, sólo vieron con impotencia escombros y personas terriblemente lastimadas.
Organizados los precarios socorros se procuraron enviar carretas para trasladar a los heridos de la catástrofe hasta la villa de Rocha, distante a veintiocho kilómetros, los que en aquellos años representaban un día entero de camino. Entre la mampostería y los hierros, habían quedado atrapados diecisiete obreros.

El agua salada del océano, empleada por ignorancia en la construcción, había impedido que el material fraguara debidamente. Otras causas menos probables, tales como la incidencia de fenómenos atmosféricos, manejadas con apresuramiento en las primeras horas, fueron descartadas por los técnicos. Si difícil fue rescatar a los muertos, más compleja fue su identificación, pues de muchos de ellos se conocía únicamente el apellido. Fueron todos sepultados en una fosa común, a la que se rodeó de un cerco de piedras, lugar conocido todavía en nuestros días como "El Cementerio del Faro Viejo".

La torre, quedó desparramada parte en la arena y parte en las aguas, lo que nos hace suponer que fue un terrible pampero, típico de estas costas, el que corrió esa noche.

 

Rocha, 2 de junio de 1872
Mi querido Meiffre:
Tengo que pedir a usted un servicio. Es posible que haya Ud. sabido la terrible desgracia que ha sucedido en el Cabo Santa María, el 17 de mayo a las nueve y media de la noche. He aquí lo que acaba de acontecer: la torre del faro que tenía cerca de treinta metros de elevación se vino abajo escapando yo por milagro de este horroroso desastre. Renuncio por hoy a hacer a Ud. un detalle de todo pues pienso hacerlo de viva voz dentro de pocos días.

Mi cabeza está aún ofuscada por lo que ha sucedido y escribo a Ud. esta carta por conducto expreso que me promete estar en ésa el martes a la noche o el miércoles de mañana. Le pido encarecidamente vaya a casa de Mr. Geay y le haga saber la lista de muertos y heridos.
MUERTOS. Lamouche, albañil, Bianchi, albañil, Michel, albañil, Dotti, albañil, Ángeli, albañil, Pedrucci, albañil, Josyh, peón, Poler, peón, Cocher, hijo de un jardinero, Moli, peón, Ferrari, peón, tres napolitanos (no identificados), Francois, carpintero, Gumuch ( de oficio desconocido) y Roger, peón.

En mi opinión ha sido por efecto de un trueno o quizás por el mismo rayo que se ha producido el derrumbe. No me quedan restos ni siquiera de mi propia casa, excepto el primer piso de mi cuarto de donde tuve tiempo para arrojarme. He dejado en el faro cuatro hombres de los menos dañados, los cuales con ayuda de la policía están al cuidado de las ruinas de entre las cuales es imposible quitar a los muertos.

Le diré que soy el único completamente sano y salvo. Los enfermos están en el hotel y reciben los cuidados de su estado. Por favor si sale en estos días un barco para Europa, ponga usted unas líneas avisando que estoy sano.


LUIS CAMBON
(Carta del encargado de las obras a su jefe, 1872)

 

El accidente, sin dudas, fué uno de los peores experimentados en nuestro país.

 

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